laza a la Reina, Plaza a su Alteza por la Gracia de Dios, Reina de
Castilla y de León, de Granada, de Toledo, de
Galicia, de Sevilla, de Murcia y de Jaén, de
Algeciras y de Gibraltar, de las islas Canarias,
de las Indias y de la Tierra Firme del Océano.
Princesa de Aragón, de Jerusalén y de las Dos
Sicilias. Archiduquesa de Austria, Duquesa de
Borgoña y de Brabante. Condesa de Flandes y del
Tirol, y Señora de Vizcaya y de Molina.
Con estas palabras anunciaba
el Aposentador Real a las Cortes de Castilla, la
entrada de su Alteza Real la reina Juana I a
Cortes.
Esta alegoría de los títulos
de una Reina muy vinculada a Alcalá, se hace
necesario para conocer la importancia que la
antigua Complutum iba a tener en la historia de
España y consecuentemente en el mayor Imperio
conocido.
Desde que en 1085 Alfonso VI
conquistase Toledo para la causa cristiana,
Alcalá estaría unida a esta ciudad durante
ochocientos años.
Si en época visigoda existían
las diócesis de Toledo y Alcalá, fue Bernardo de
Sédirac (1086-1124), monje cluniacense quien
consiguió que se incorporase la diócesis
complutense a la de Toledo. Posteriormente su
sucesor Raimundo de Sauvetat (1124-1152), obtuvo
la confirmación de su derecho sobre la sede
complutense en 1129, dos años más tarde el rey
Alfonso VII efectuaba la donación de Alcalá, con
todo su término en señorío, para su repoblación
y posesión perpetua.
En 1135 se dotó a la Comunidad
de Villa y Tierra de Alcalá de Fuero propio, un
conjunto de normas que establecían el
ordenamiento jurídico entre el señor y los
vecinos de la localidad, estos entre sí, así
como el funcionamiento de sus concejos.
Especial significado tuvo para
Alcalá, Rodrigo Jiménez de Rada (1209-1247),
quien consiguió que el rey Alfonso VIII
devolviese a la Tierra de Alcalá, diversas
aldeas que en años anteriores fueron entregadas
a Segovia.
Durante su pontificado
consiguió que Alcalá quedase al margen de las
injerencias del cabildo toledano, iniciando las
obras del Palacio Arzobispal y convirtiéndole en
su segunda morada.
Asimismo entre sus
disposiciones se cuenta la instalación en Alcalá
de uno de los dos vicarios del arzobispado
toledano, circunstancia que de hecho casi se
convertía en sede episcopal.
En 1233, amplió el Fuero de
Alcalá, utilizando para redactarlo la lengua
romance en vez del latín, este manuscrito es
conocido como Fuero
Viejo.
En la época de Alfonso VIII, a
Alcalá se le concede la celebración de una feria
anual, siendo durante el reinado de Alfonso X,
cuando se traslada a finales de agosto, fechas
en que finalizan las recolecciones agrícolas.
Con Gonzalo García Gudiel
(1280-1299), primer arzobispo de Toledo, que
recibe el título de Primado de las Españas, el
hijo segundo de Alfonso X, el rey Sancho IV
el Bravo, que curiosamente no sabía
ni leer ni escribir concede a la villa de Alcalá
unos estudios generales en 1293.
Este rey, muy enfermo, en
enero de 1295 otorgó testamento en el Palacio
Arzobispal de Alcalá, ante el arzobispo de
Toledo, García Gudiel y toda la Corte, dejando
como heredero a su hijo Fernando de 9 años,
nombrando a su esposa María de Molina, tutora de
su hijo y heredero.
En febrero se trasladó a
Madrid, y el mes siguiente a Toledo, donde
fallece a los 37 años. Su prematura muerte deja
sumida a Castilla en un enfrentamiento de las
grandes familias.
La importancia de Alcalá se
vería reflejada, con la celebración de Concilios
Eclesiásticos y Cortes de Castilla.
El primer Concilio de que se
tiene noticia se celebró en el Palacio
Arzobispal en 1257 y 1258, siendo arzobispo el
infante don Sancho de Castilla (1251-1261), su
extensa duración hizo que se prosiguiese en
Buitrago, finalizándolo en Hita.
El Palacio Arzobispal, fue
testigo del tratado firmado entre Fernando IV de
Castilla y los representantes del rey de Aragón
Jaime II, con el fin de reiniciar la guerra
contra los árabes. Según el Tratado de Alcalá,
los reyes cristianos atacarían el reino musulmán
de Granada a partir del 24 de junio. Castilla
atacaría Algeciras y Gibraltar y Aragón,
Almería.
Durante el reinado del sucesor
de Fernando IV el Emplazado, su hijo
Alfonso XI el Justiciero, se celebraron
en Alcalá cortes y concilios.
Especial trascendencia
tuvieron las Cortes celebradas en Alcalá en
1348, otras fuentes datan el año 1345, siendo
arzobispo de Toledo, el conquense Edigio Álvarez
de Albornoz y Luna (1338-1350), también conocido
como Gil de Albornoz, al establecerse una nueva
legislación: el
Ordenamiento de las Leyes de Alcalá.
Este tratado fue la base de la
redacción de la primera constitución política de
la historia que Gil de Albornoz realizó para los
Estado Pontificios.
En 1377, durante el reinado de
Enrique II, el de las Mercedes, fue
nombrado arzobispo de Toledo por el Papa
Gregorio XI Pedro Tenorio (1377-1399). Este
toledano, nacido en Talavera de la Reina en
1328, y que comenzó su carrera eclesiástica como
arcediano en Toro, iba a relacionar
estrechamente su episcopado con la antigua
Compluto. Exiliado en Francia e Italia durante
la guerra civil castellana, aprovechó este
período de tiempo para ampliar su formación,
llegando a dar clases de derecho canónigo en
Roma.
Regresó a Castilla al tiempo
de la instauración del Papado en Avignon.
Una vez conseguido el
arzobispado inició una amplia reforma de los
tribunales eclesiásticos, el rey Juan I lo
integró en el Consejo Real.
En la diócesis toledana
destacó por realizar gran número de trabajos de
construcción y rehabilitación
En Alcalá, restauró y mejoró
las fortificaciones del castillo de Alcalá la
Vieja, utilizándole como depósito de
armamento. Reforzó las defensas del Palacio con
un nuevo foso y torres cuadradas. En la calle
Mayor sustituyó las columnas de madera por otras
de piedra. Construyó el Puente Zulema,
(semidestruido en 1947 en la explosión del
polvorín número 1), para facilitar la
comunicación con Toledo.
Restauró el Castillo de
Santorcaz, utilizado como cárcel de clérigos.
Ante el Cisma de Occidente,
que se produjo después de la muerte de Gregorio
XI en 1378, se celebró en Alcalá un Concilio
nacional en 1379. Castilla, Navarra y Aragón
decidieron no reconocer a ninguno de los
pretendientes al papado (Urbano VI por Roma y
Clemente VII por Avignon), hasta que la Iglesia
no se decidiese por uno de ellos. Al final
Castilla siguió a Francia, que optó por "su"
Papa, el de Avignon.
En 1390, se encontraba la
corte en Alcalá, cuando Juan I, recibió la
visita de los farfanes, caballeros
cristianos al servicio del Rey de Marruecos, que
con la pretensión de mostrar su destreza al rey,
realizaron una serie de ejercicios ecuestres en
el exterior del Palacio, a la altura de la
puerta de Burgos. En un momento de la exhibición
el caballo del rey se encabritó y dio con el
jinete en tierra, con tan mala fortuna que
sufrió heridas internas que acabaron con su vida
poco después, era domingo 9 de octubre y Tenorio
custodió el cuerpo sin vida del rey en una
tienda fingiendo que estaba vivo. El
ocultamiento de la muerte del rey por parte de
Tenorio sirvió para contener las pretensiones de
la nobleza, deseosa de aprovechar la corta edad
del futuro rey para recuperar el protagonismo y
los privilegios que habían perdido. Tenorio tomó
una serie de fortalezas en nombre de Enrique,
que le facilitaran formar un consejo de regencia
y convocar cortes en Madrid.
El enfrentamiento que mantuvo
con los nobles del Consejo de Regencia le llevó
a conocer la prisión y la retirada del señorío
en sus fortalezas. La excomunión del Papa contra
los nobles y el propio rey, hizo que se
decretase su libertad.
Antes de su fallecimiento en
1398, Tenorio convocó en Alcalá un Concilio
General para volver a tratar el Cisma de la
Iglesia occidental y la obediencia al Papa
Luna, Benedicto XIII.
Redactó su testamento en el
Palacio Arzobispal de Alcalá, falleciendo en
Toledo el 18 de mayo.
Durante seis años quedó
vacante la sede toledana, hasta que Benedicto
XIII nombró para ocuparla a su sobrino Pedro de
Luna (1403-1414). En los diez años de episcopado
confirmó el Fuero alcalaíno y se realizaron
mejoras en el Palacio complutense.
El rey Juan II, padre de
Isabel la Católica, fijó su residencia en
Alcalá, transformándola una vez más en Corte. El
arzobispado de Toledo lo ostentaba Sancho de
Rojas (1415-1422), persona asidua en Alcalá,
donde llegó a refugiarse para no verse
comprometido en las disputas regias entre los
infantes de Aragón.
Durante su etapa se aumentaron
las rentas de la iglesia de San Justo y
fortificó Alcalá la Vieja. Durante su
pontificado se restauró la muralla, cuyo coste
pagó el concejo, lo que hizo que se estableciese
un pleito con la Comunidad de la Villa y Tierra,
que solventó Sancho de Rojas.
La grave enfermedad del
religioso, hizo que el rey, aconsejado por los
médicos trasladase su residencia a las casas del
doctor Pedro Díaz de la Olmedilla, en la calle
de Cerrajeros.
Sancho de Rojas, falleció en
el Palacio Arzobispal el 24 de octubre,
oficiándose el funeral de cuerpo presente en San
Justo. Trasladado a Toledo, el rey acompañó el
féretro hasta la Puerta de Madrid.
A Sancho de Rojas le sucedió
Juan Martínez de Contreras (1423-1434), estudió
derecho y ejerció de criado del arzobispo Pedro
de Luna, circunstancia por la que conocía
perfectamente el Palacio Arzobispal alcalaíno.
Asistió al Concilio de Siena, obtuviendo una
destacada participación como presidente de la
nación española. Durante su episcopado se
realizaron diversas mejoras en el Palacio
Arzobispal reconstruyendo el antesalón y el
salón de concilios.
Murió en Alcalá el 16 de
septiembre de 1434, siendo enterrado en la
capilla de San Ildefonso de la Catedral de
Toledo, en un sepulcro excavado en el muro
izquierdo que lleva su estatua.
Su sucesor, Juan de Cerezuela
(1434-1442), hermanastro del condestable Álvaro
de Luna, se presento en Alcalá ante el Rey en
1435, presidiendo los funerales en San Justo de
la tía del Rey, Leonor de Navarra. Su episcopado
se vio envuelto por las guerras civiles de las
que fue victima Castilla. Sufriendo Alcalá y el
castillo de Alcalá la Vieja, acosos, asaltos y
reconquistas por lo bandos en lucha.
Fallecido Juan de Cerezuela,
le sustituyó Gutiérrez Álvarez de Toledo
(1442-1445), al igual que su antecesor se vio
envuelto en las guerras que sostuvieron Juan II
contra el infante don Juan, rey de Navarra,
quien ocupó Alcalá sin lucha. Enterado el rey,
reunió una tropa y desde Madrid se dirigió a
Alcalá, que reconquistó sin oposición al huir
los navarros, aunque conservaron el castillo de
Alcalá la Vieja.
La posterior victoria de las
tropas reales en Olmedo puso fin momentáneo a
las guerras civiles que había padecido Castilla
durante un cuarto de siglo. Alcalá y su
castillo, por fin respiraron tranquilos, se
habían ganado para la causa real.
Tras su muerte, obtuvo la
mitra toledana, Alfonso Carrillo de Acuña
(1446-1482). Nacido en Cuenca en 1412, con tan
solo 22 años, inicia con el título de
protonotario apostólico, una rápida carrera de
cargos eclesiásticos. Con 23 años es nombrado
administrador del obispado de Sigüenza, siendo
nombrado un año más tarde obispo de la misma. El
10 de agosto de 1446, a los 34 años es nombrado
por el Papa Eugenio IV, arzobispo de Toledo,
instando al cabildo a prestar obediencia al
nuevo prelado mediante la bula Credite nobis
de 13 de agosto. En su nombramiento había jugado
un destacado papel su pariente el condestable
Álvaro de Luna, que logró anteponerlo al
candidato real el obispo de Cuenca, Lope
Barrientos.
Los grandes ingresos con que
podía contar el arzobispado de Toledo le
permitieron costear un fuerte ejército y
sufragar empresas reales.
Fue excelente militar y
político, siendo la pieza clave del reinado de
Juan II.
Durante el reinado de Enrique
IV, hizo causa común con el hombre fuerte del
monarca, su sobrino Juan Pacheco, marques de
Villena, a cuyo lado luchó contra buena parte de
la nobleza castellana. Al tomar la familia
Mendoza el poder en Castilla, en 1464, y colocar
a don Pedro González de Mendoza al frente del
consejo Real, Carrillo pasa a encabezar la
facción nobiliaria que un año después depone al
Rey en Ávila, y presta apoyo a los infantes
Alfonso e Isabel.
Redactando el contrato
matrimonial de Isabel con Fernando puso el
germen a la unidad de España.
Su actividad eclesiástica, más
que en la vida pastoral, se proyectó en el
control de la economía de su diócesis y en la
provisión de las ricas prebendas catedralicias a
clérigos que le eran adictos.
En Alcalá decidió levantar un
convento en 1453 de franciscanos menores
observantes, consagrado en 1456 bajo la
advocación de Santa María de Jesús.
En 1458, fundó en el
monasterio un estudio de artes liberales con
tres cátedras, una de Gramática, otra de Lógica
y una tercera para estudios religiosos.
En 1476, defiende en la
batalla de Toro los derechos de Juana de
Trastámara, la Beltraneja, siendo
derrotado por el ejército de Isabel capitaneado
por Pedro González de Mendoza, lo que le obliga
a retirarse a Alcalá de Henares, donde vive
silenciado, desde 1479, una vez que le han sido
secuestrados todos los bienes y fortalezas de su
señorío temporal.
Su apuesta por una nobleza
fuerte que controlara la monarquía le llevaron a
dejar las puertas abiertas a su sucesor, Pedro
González de Mendoza, partidario de los Reyes
Católicos, y defensor de una monarquía
autoritaria y moderna.
Carrillo, fue especial crítico
con la monarquía al defender la inmunidad y
libertad de la Iglesia frente al control de la
misma por parte de la corona.
En 1477, consiguió por bula
del Papa Sixto IV, de 23 de agosto, que a la
iglesia de San Justo, le fuera concedido el
título de Insigne Colegiata, esta distinción
hacía que le correspondiese un cabildo compuesto
por cinco dignidades, doce canónigos y ocho
racioneros, colocándose al frente un abad
nombrado por el propio Arzobispo.
Asimismo obtuvo del Papa la
cesión para la Colegiata de San Justo de
importantes rentas.
El 1 de julio de 1482,
fallecía Carrillo en el Palacio Arzobispal,
siendo sepultado en la Capilla Mayor del
convento de San Francisco, en un magnífico
sepulcro de alabastro de estilo gótico florido
con estatua yacente, que él mismo había mandado
labrar.
Le sucede su más acérrimo
enemigo, Pedro González de Mendoza (1482-1495).
Nacido en Guadalajara, en 1428, en el seno de
uno de los linajes más poderosos e influyentes
de Castilla, la familia Mendoza, futuros duques
del Infantado.
Su padre, hombre de
extraordinaria cultura, procuró para él una
cuidadosa educación en el marco de una sólida
preparación humanística, orientada a ocupar
destacados puestos en la Iglesia.
A los 9 años es cura en la
villa de Hita, a los 14, su tío el arzobispo
Gutiérrez Álvarez de Toledo, le procura el
arcedianato de Guadalajara.
Con 24 años es nombrado
capellán del rey Juan II, empezando su escalada
de importantes y bien remunerados cargos.
Durante el reinado de Enrique IV, recibe el
obispado de Sigüenza. El 7 de marzo de 1473 es
investido cardenal a instancias de Rodrigo
Borja, futuro Papa Alejandro VI, de quien había
sido anfitrión. Obtenida la mitra arzobispal
toledana en 1482, participó activamente en la
conquista de Granada, su palacio en Alcalá se
volvió a convertir en corte en numerosas
ocasiones al instalar los Reyes Católicos su
residencia en la ciudad complutense. Durante una
de sus permanencias el 16 de diciembre de 1485,
nació la infanta Catalina, futura reina de
Inglaterra.
El 20 de enero de 1486 tuvo
lugar en el Palacio Arzobispal, la primera
entrevista entre Cristóbal Colon y los Reyes
Católicos, donde el marino explicó su proyecto a
los monarcas, estableciéndose las bases de una
futura cooperación que llevaría al
descubrimiento del nuevo mundo.
La política de reformas de
Mendoza, siguió las pautas indicadas por la
Reina Isabel, que buscaba un clero dócil y apto
para ritualidades del coro. Procuró, en
consecuencia, mediante asambleas, sínodos y
concilios señalar el camino por el que la
soberana creía que debía discurrir la vida,
costumbres y práctica pastoral del estamento
eclesiástico.
En su condición de hombre
culto, formado en las ideas renacentistas de su
tiempo, desarrolló importantes actividades de
mecenazgo artístico y cultural.
Dio los primeros pasos de las
que luego serían fundaciones culturales de
Cisneros: el Colegio Mayor de San Ildefonso y
sobre todo, la Universidad.
Poco antes de morir recomendó
como sustituto al confesor de la reina Isabel,
Francisco Jiménez de Cisneros.
Fallecía, Pedro González de
Mendoza el 11 de enero de 1495 en Guadalajara,
tras una larga enfermedad. Su cuerpo fue
trasladado a la catedral de Toledo.
Gonzalo Jiménez de Cisneros
(1495-1517), nació en Torrelaguna (Madrid), el
año de 1436, y murió en Roa (Burgos) el 8 de
noviembre de 1517. Reformador, prelado y
gobernante. Hijo de un hidalgo de escasa
fortuna, Cisneros ha llegado a ser, por un
conjunto de circunstancias ajenas enteramente a
su voluntad, uno de los más excelsos personajes
de la historia de España en general y de Alcalá
de Henares en particular.
Por su formación era
universitario, inicia sus primeros estudios en
Roa, al lado de un tío clérigo y después en
Alcalá de Henares, graduado en Salamanca y
viajero a Roma. De Roma trajo una bula del papa
otorgándole el arciprestazgo de Uceda, con
sorpresa y desagrado del arzobispo de Toledo,
Alfonso Carrillo de Acuña, que deseaba el
arciprestazgo para un pariente suyo. A esta
decisión llegaba el pontífice al ser informado
por el mismo Cisneros de una grave infracción de
la jurisdicción eclesiástica hecha por su
antecesor Pedro García de Guaza. Cisneros, terco
y rudo defendió a ultranza su derecho ante la
oposición de Carrillo, quien le sancionó y le
mantuvo durante unos meses preso en el Castillo
de Santorcaz, cárcel clerical.
Finalizada su prisión, logra
su intento, pero ante el temor de mayores
represalias, decide, con la protección del
cardenal Mendoza, pasar a Sigüenza, en cuya
iglesia catedral fue capellán mayor, y vicario
del obispo, el propio cardenal Mendoza.
La amistad con Pedro González
de Mendoza fue el comienzo de su extraña
fortuna, pues supo apreciar el valor de
Cisneros. En 1484 abandonó la capellanía y,
bruscamente, ingresó en el convento de
franciscanos de San Juan de los Reyes, en
Toledo, cambiando su nombre por el del fundador
de la orden, Francisco. Vivió, durante ocho
años, en pleno arrebato ascético. Fueron, según
confesión propia, los años más felices de su
vida. Su poderosa elocuencia, simple, incluso
tosca, honda y profundamente humana, le permitía
arrastrar multitudes, su fama era ya inmensa en
1492, cuando, tras haber corrido los conventos
de Castañar y la Salceda, era guardián en este
último. Poseía dotes para el mando, pero era
quizá excesivamente duro. Cisneros marchó
siempre hacia su objetivo derribando obstáculos,
nunca soslayándolos.
En 1492, designado arzobispo
de Granada fray Hernando de Talavera, quedó
vacante el puesto de confesor de la reina.
Entonces el cardenal Mendoza, que guardaba de él
un gran recuerdo, recomendó para este cargo a
fray Francisco. Comenzó así a intervenir en
política como consejero de la Reina. Al mismo
tiempo, designado provincial, recorría los
conventos franciscanos y formaba su primer gran
proyecto: la reforma de su Orden. La ocasión
llegó cuando, muerto el cardenal Mendoza,
Cisneros fue designado, por recomendación del
difunto, para sucederle en la silla primada de
Toledo (1495). Su reforma tuvo dos partes
sucesivas: en su Orden trató de restablecer la
observancia de la regla franciscana es su
original pureza; en el clero secular intentó
poner coto a las inmunidades y privilegios. En
uno y otro caso encontró una dura resistencia.
Los franciscanos acudieron al general de la
Orden; los canónigos al Papa. Todo fue inútil.
La reforma siguió adelante.
En 1499, hizo, acompañando a
los reyes, un viaje a Granada. Allí consideró
que la obra de conversión, realizada por fray
Hernando de Talavera, mediante la dulzura, iba
muy despacio y resolvió quedarse en el ciudad
para dar mayor impulso a la misma. Mediante
conferencias con los alfaquíes y obsequios,
consiguió en las primeras semanas importantes
resultados, lo que produjo en los árabes rechazo
y crispación. Cisneros optó por encarcelar a los
más peligrosos. El resultado fue un motín que a
punto estuvo de costarle la vida. Sitiado en su
casa de la alcazaba, se defendió con sus criados
toda una noche. Inmediatamente hubo de abandonar
la ciudad, Su excesivo celo provocó la
insurrección de las Alpujarras. Dominada, tres
años más tarde obtuvo de los reyes de Castilla
que los mudéjares fuesen obligados a convertirse
o a emigrar.
Los últimos años de la vida de
Isabel la Católica los pasó Cisneros casi
siempre en la corte. Era el consejero más fiel.
Al mismo tiempo se ocupaba en sus proyectos de
reforma de las costumbres, y en uno nuevo: la
moderna Universidad de Alcalá de Henares, su más
excelsa obra. Comenzada el 14 de marzo de 1498,
pudo abrir sus aulas en 1508. Su cabeza era el
Colegio Mayor de San Ildefonso. A su lado
contaba con la colegiata de los Santos Justo y
Pastor ampliamente reorganizada y dotada por
Cisneros para que constituyese un centro de vida
sacerdotal modelo. El cuadro debería completarse
con la creación de colegios mayores y menores,
18 en total. Propuso convertir Alcalá en una
academia humanístico-teológica, fragua de una
Teología renovada al contacto directo con las
fuentes en sus textos originales. Se concedía
amplia libertad a las opiniones, dando albergue
generoso a las tres escuelas en boga: tomismo,
escotismo y nominalismo.
El programa humanístico y
teológico preconizado por el cardenal necesitaba
un esfuerzo editorial previo de textos sagrados
y profanos. La primera gran empresa cisneriana
en este sentido fue la Biblia Sacra Polyglota,
llamada Complutense, considerada la obra
más representativa del Renacimiento Español. La
realización corrió a cargo de un equipo de
humanistas, filólogos y orientalistas que
trabajó directamente sobre los textos
originales, sirviéndose de los códices que
Cisneros pudo reunir. Se publicó en seis
volúmenes que ofrecen los textos originales
griego, hebreo y caldeo, con traducción latina
interlineal y un diccionario hebreo con su
correspondiente gramática. La impresión fue
encomendada a Guillén de Brocar, resultando un
espléndido monumento tipográfico.
Cisneros tuvo la alegría de
ver terminada esta obra que fue el sueño de su
vida.
Cuando murió la reina en
Medina del Campo, no estaba Cisneros a su lado.
Se había desatado la crisis entre Fernando el
Católico y Felipe el Hermoso, Cisneros estuvo al
lado de su rey, interviniendo en todas las
negociaciones de la concordia de Salamanca.
Cuando Fernando el Católico viajó a Nápoles y en
1506 murió Felipe, Cisneros obrando por su
propia autoridad, constituyó una regencia con
los nobles más fieles a la memoria de Isabel y
reclutó tropas, cortando de raíz los manejos
nobiliarios que querían entregar la regencia a
Maximiliano de Austria. Cisneros envió un
mensaje a Fernando el Católico para que
regresase a España. Cuando regresó le trajo en
nombre del Papa el capelo cardenalicio.
A pesar de la edad, Cisneros,
se mostraba fuerte y vigoroso y aprovechó la
presencia del rey Fernando para impulsar un
antiguo proyecto: la conquista del Norte de
África. Se realizaron expediciones y se
conquistaron algunas plazas, pero Cisneros
desistió al desconfiar del rey Católico que
quería permutar la sede de Zaragoza, ocupada por
su hijo natural Alfonso de Aragón por la de
Toledo. Una vez más Cisneros no cedió
A pesar de todo, el Rey
Fernando sentía admiración por Cisneros y en el
momento de su muerte le encomendó la regencia,
durante la minoría de edad de su nieto Carlos de
Gante.
Cisneros consiguió que el
propio príncipe heredero don Carlos confirmase
su nombramiento de regente. Tenía un gran
enemigo, la nobleza. Contra ella organizó una
milicia ciudadana destinada a constituir un
ejército de 30.000 hombres. Cisneros dominó los
motines, e impuso a los nobles el reconocimiento
de Carlos como rey.
Carlos tenía prisa en reinar.
Sus consejeros no, pues desde Flandes vendían y
daban las mercedes que les parecía oportuno. El
propio rey vino a España desembarcando en
Tazones (Asturias), el 19 de septiembre de 1517.
Cisneros salió a su encuentro. Se había acordado
verificar éste en Mojados, cerca de Valladolid.
Pero no llegó a conocer al monarca cuya corona
había salvaguardado, murió en el camino, en Roa
el 8 de noviembre de 1517.
Como ha quedado expuesto
anteriormente, el siglo XV, fue fundamental para
Alcalá y su posterior desarrollo. Antiguamente
la corte no estaba establecida en un sitio fijo,
no existía una capital de España permanente.
Allí donde se requería, se movían los monarcas
utilizando, bien castillo o palacios propios o
de su familia, o bien de los grandes nobles de
confianza. Los arzobispos de Toledo, que
contaban con una gran fortuna, casi siempre
estaban al servicio de los reyes, prestándoles
apoyos y dineros en sus empresas, la mayoría de
las veces a cambio de tierras y rentas. La
utilización de los palacios arzobispales,
verdaderas fortalezas, servían para dar cobijo a
la corte. Alcalá de Henares, fue corte en muchas
ocasiones, y las estancias de los Reyes
Católicos eran frecuentes, como se expuso
previamente en una de las estancias de los Reyes
Católicos en el Palacio Arzobispal, la reina
Isabel dio a luz el 16 de diciembre de 1485, a
Catalina, quien llegaría a ser reina de
Inglaterra.
Como la infanta Catalina era
de cuna alcalaína, bien merece una breve
semblanza biográfica, ya que sus matrimonios y
reinado fueron decisivos para la futura historia
de Europa.
Inmersos los Reyes Católicos
en la conquista de Granada, Catalina viajó
pronto con sus padres a la capital andaluza,
donde junto a sus hermanas Isabel, María y Juana
fue educada en la cultura renacentista española.
Catalina se parecía a su madre: pelirroja, de
ojos claros, decidida e inteligente. Tuvo una
sólida formación humanística y científica,
contando con los mejores profesores. Aprendió
las lenguas romance de España, francés,
flamenco, ingles y latín, al mismo tiempo
sobresalía en música y danza.
En virtud de la política de
alianzas que establecieron los Reyes Católicos,
mediante el matrimonio de sus hijos a Catalina
le designaron de esposo a Arturo, príncipe de
Gales, hijo de Enrique VII de Inglaterra,
fundador de la dinastía Tudor, quién había
enviado a sus embajadores a España para negociar
el matrimonio con su hijo mayor. Por el tratado
de Medina del Campo el 27 de marzo de 1489, se
firmó el acuerdo matrimonial, así como la
regulación de las relaciones comerciales y
políticas entre Castilla e Inglaterra.
El 15 de agosto de 1497,
Catalina a la edad de 12 años se casó por
poderes con el Príncipe de Gales, que contaba un
año menor que ella.
El 17 de agosto de 1501, a la
edad de 15 años embarcaba en el puerto de la
Coruña, camino de Inglaterra. La desarboladura
del buque en pleno viaje, hizo que tuviese que
regresar a Tierra, fondeando en Laredo, desde
donde el 27 de septiembre inició de nuevo viaje.
El 14 de noviembre se celebró
la boda en la catedral de San Pablo de Londres,
siendo Catalina sabiendo Catalina desde el
primer momento ganarse el cariño y respeto de
los ingleses gracias a su recta moral y conducta
intachable.
Poco después en un viaje, el
Príncipe Arturo, un muchacho débil y enfermizo
contrajo la enfermedad de la "fiebre de sudor
frío", falleciendo el 2 de abril de 1502, a
la edad de 15 años, dejando a una princesa viuda
y virgen.
Durante siete años Catalina,
vivió sin que sus padres y su suegro, Enrique
VII se preocuparan excesivamente de ella, aunque
el rey de Inglaterra, ya había puestos los ojos
en ella, tras su enviudamiento., a lo que se
opuso la reina Isabel, aunque se pensara casarla
siguiendo la línea de sucesión en la Corona con
su cuñado, el príncipe Enrique y que contaba 11
años.
Catalina testificó que debido
a su juventud y al carácter enfermizo de Arturo,
el matrimonio no se había consumado. Una bula
del Papa Julio II certificó el hecho.
Fallecido Enrique VII en 1509,
asumió el reinado su hijo Enrique, como Enrique
VIII, mostrando su deseo de contraer matrimonio
con la viuda de su hermano, Hecho que se realizó
el 11 de junio de 1509 en la capilla de Grey
Friars. El 24 de junio de 1509, fue coronada
como reina, contaba con veintitrés años y
Enrique dieciocho.
La pareja tuvo una hija, María
Tudor (1516-1558), reina de Inglaterra de 1553 a
1558.
A pesar de las continuas
infidelidades del rey, el matrimonio funcionó,
Catalina gobernó la nación como regente cuando
Enrique invadió Francia. Incluso cabalgó al
frente de las tropas que derrotaron y dieron
muerte al rey de Escocia.
Enrique VIII, enamorado de Ana
Bolena solicitó el divorcio, con el pretexto de
la ilegalidad del matrimonio al producirse entre
familiares. Aunque en un principio contó con el
visto bueno del Papa Clemente VII, este modificó
su posición al contar con la negativa de
Catalina, a la que se adhirieron dirigentes
políticos de gran renombre, como Tomás Moro, que
pagó con su cabeza su adhesión a la reina.
Enrique VIII se casó con Ana
Bolena el 25 de enero de 1533, y el arzobispo de
Canterbury, Thomas Crammer, anuló el matrimonio
del rey con Catalina el 23 de mayo de 1533.
Catalina se convirtió en todo un ejemplo para el
pueblo británico, siendo honrada y agasajada.
El rey rompió con la Iglesia
Católica de Roma en 1534, proclamándose jefe
supremo de la Iglesia Anglicana con la ayuda de
los protestantes europeos.
Catalina, falleció a los 50
años, el 7 de enero de 1536, siendo enterrada en
la Catedral de Peterborough. Por este motivo la
ciudad inglesa y Alcalá de Henares, por ser su
cuna son ciudades hermanas.
El otro acontecimiento
natalicio sucedido en el Palacio Arzobispal
ocurrió el 10 de marzo de 1503, cuando la
princesa Juana, hija de los Reyes Católicos, dio
a luz a Fernando su segundo hijo varón, y el
primero que nacía en España, quien se
convertiría en 1526 con el nombre de Fernando I
de Habsburgo en rey de Hungría y Bohemia y
Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en
1558.
Fernando, fue el nieto
preferido de Fernando el Católico, recibió una
educación castellana y fue investido como
regente en 1512 hasta la llegada de Carlos a
España, aunque su abuelo lo revocó a favor de su
hermano Carlos.
Se da la circunstancia, que
Carlos, que había nacido en Gante, y que había
tenido educación flamenca, y consejeros
flamencos desconocía la lengua castellana cuando
fue coronado como rey de España, todo lo
contrario que su hermano Fernando que apartado
de su Patria por intereses internacionales
conservó sus consejeros castellanos hasta el
final de sus días.
Este hecho en un principio
hizo que su hermano Carlos le enviase a Flandes,
ya que sus partidarios consideraban que Fernando
debía de ser quien llevase la corona española
dada su educación.
Al morir su abuelo
Maximiliano, Carlos le concedió en 1520 el
título de Archiduque de Austria, y por el
tratado de Worns la herencia austriaca de los
Habsburgo.
Al estar casado con Ana de
Bohemia y Hungría, y al morir sin descendencia
el rey Luís II de Hungría, Fernando reclamó a
través de su esposa los tronos de Bohemia y
Hungría. El avance turco le mantuvo en constante
estado de alerta sobre sus posesiones, que pudo
conservar con la ayuda de su hermano Carlos,
quien se sirvió de Fernando como su
representante siempre y cuando el Emperador no
podía estar en todos los frentes debido a su
dilatado Imperio.
A partir de la coronación de
Carlos I como emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico, Fernando a su sombra iba adquiriendo
cada vez más notoriedad. En 1531 fue nombrado
Rey de los Romanos.
Se distanció de su hermano
cuando Carlos pensó en su hijo Felipe para que
heredara el Imperio. Cuando Carlos excluyó a
Felipe de la sucesión alemana, se reconcilió con
su hermano. Había conseguido que esta recayera
sobre su hijo, el futuro Maximiliano II.
Después de la abdicación en
1556 de su hermano Carlos I, quien lo designó en
su lugar, fue coronado emperador el 24 de marzo
de 1558.
Fernando murió el 25 de julio
de 1564 en Viena, siendo enterrado en la
Catedral de San Vito de Praga. Se le recordará
siempre por ser un estadista conciliador y de
paz.
Tras el auge dado a Alcalá por
la presencia de los Reyes Católicos, y "sus
arzobispos", su nieto y sucesor Carlos I no tuvo
excesiva presencia en Alcalá, aunque se conoce
que la visitó en seis ocasiones y que intentó
inmiscuirse en su gobierno con una nueva
orientación teológica.
En 1518 concedió a Alcalá una
nueva feria que se celebraría el 15 de
noviembre.
Tras el breve episcopado de
Guillermo de Croy (1517-1521), le sucedió Alonso
de Fonseca (1523-1534), quien reformó el Palacio
Arzobispal y construyó la fachada principal,
como hoy la conocemos, exceptuando el escudo
imperial de Carlos I que colocó y que fue
sustituido en el siglo XVIII por el que se puede
admirar hoy en día de Luís Antonio de Borbón.
Desgraciadamente otras obras
suyas no se conservan, ya que fueron pasto de
las llamas en el incendio de 1939, como el patio
que llevó su nombre con una magnífica escalera
plateresca y la galería del Aleluya con 52
columnas, utilizándose algunas en la
construcción del Museo de la Casa de Cervantes.
Alonso de Fonseca, falleció el
4 de febrero de 1534 en el Palacio Arzobispal,
sucediéndole Juan Pardo Tavera (1534-1545).
Tavera, nació en Toro, el 16
de mayo de 1472, Accedió al cardenalato en 1531
y en 1534 ocupó la archidiócesis de Toledo. En
Alcalá continuó las obras que había iniciado
Fonseca en el Palacio Arzobispal, aumentado la
ornamentación. Pretendió en constituirse en
maestre-escuela de la Universidad, solicitando
al Papa las facultades necesarias. Renunció al
Consejo de Castilla para hacerse cargo del
puesto de Inquisidor general. Murió en Toledo el
1 de agosto de 1545, antes de recibir la
respuesta del Papa a su intento de intromisión
en la Universidad.
A diferencia de Carlos I, su
hijo Felipe II, que estableció definitivamente
la corte en Madrid, tras un periplo
vallisoletano, visitaba Alcalá con frecuencia,
ya que su hijo y hermanas residían con
frecuencia en Alcalá.
Notable fue la boda entre Ana
de Mendoza de la Cerda y Ruy Gómez de Silva,
príncipe de Éboli, ministro del rey, celebrada
en 1552, en la casa de su padre Diego Hurtado de
Mendoza y de la Cerda, virrey de Aragón, en la
casa del Rico Home, a espaldas de la Iglesia de
San Justo. Felipe II asistió al enlace, ya que
había recomendado la boda, aunque doña ana,
contase doce años.
En 1562, el hijo de Felipe II,
Carlos estableció su residencia en el Palacio
Arzobispal, con el fin de cursar estudios en la
Universidad acompañado de Alejandro Farnesio. El
Príncipe Carlos, primogénito del rey sufrió un
grave accidente al caer por las escaleras del
Palacio. Devoto de San Diego, hizo que le
trajeran el cuerpo incorrupto del fraile, una
vez a su vera, paso la mano por la cabeza del
fallecido religioso. A los pocos días empezó a
mejorar, restableciéndose completamente al cabo
de dos meses. En su honor se corrieron toros en
la plaza del Mercado.
Durante el reinado de Felipe
II, en Alcalá se celebraron grandes solemnidades
religiosas, destacaron el paso por Alcalá de las
reliquias de San Eugenio de Toledo, el regreso
de las reliquias de los Santos Niños y la
canonización de San Diego.
En 1599, Bernardo de Sandoval
y Rojas, asumía el arzobispado de Toledo, había
estudiado en Alcalá y era sobrino del duque de
Lerma, llevó a cabo nuevas reformas y obras en
el palacio Arzobispal, y fundó el Monasterio de
religiosos cistercienses de San Bernardo, anejo
al propio Palacio Arzobispal. La construcción
del mismo obligó a la remodelación del antiguo
barrio morisco.
En los siglos siguientes la
presencia de los arzobispos incrementó en menor
o mayor medida su influencia en la Universidad,
se siguieron fundando colegios mayores y
menores, fue ejemplo para la fundación de
universidades en América, y al nuevo mundo se
trasladaron sus enseñanzas. Con los Austrias
tuvo su mayor apogeo, con los Borbones fue
decayendo, tanto en la disminución de alumnos,
como en el deterioro de los inmuebles. Alcalá se
iba quedando vacía. El antaño poder de los
arzobispos de Toledo y su amor a Alcalá, se
había vaciado a favor de los reyes y primeros
ministros en unos siglos ávidos de reforma que
llevaron a la desaparición de la Universidad y
ruina de sus colegios y conventos, en
consecuencia al empobrecimiento de su población.
Ignacio Sánchez