Madrid.  Jueves 01 de mayo de 2009                                                                       
 
 

Alcalá, Ciudad de Reyes y Cardenales

 
 

 

 
 
 

P

laza a la Reina,  Plaza a su Alteza por la Gracia de Dios, Reina de Castilla y de León, de Granada, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Murcia y de Jaén, de Algeciras y de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias y de la Tierra Firme del Océano. Princesa de Aragón, de Jerusalén y de las Dos Sicilias. Archiduquesa de Austria, Duquesa de Borgoña y de Brabante. Condesa de Flandes y del Tirol, y Señora de Vizcaya y de Molina.

Con estas palabras anunciaba el Aposentador Real a las Cortes de Castilla, la entrada de su Alteza Real la reina Juana I a Cortes.

Esta alegoría de los títulos de una Reina muy vinculada a Alcalá, se hace necesario para conocer la importancia que la antigua Complutum iba a tener en la historia de España y consecuentemente en el mayor Imperio conocido.

Desde que en 1085 Alfonso VI conquistase Toledo para la causa cristiana, Alcalá estaría unida a esta ciudad durante ochocientos años.

Si en época visigoda existían las diócesis de Toledo y Alcalá, fue Bernardo de Sédirac (1086-1124), monje cluniacense quien consiguió que se incorporase la diócesis complutense a la de Toledo. Posteriormente su sucesor Raimundo de Sauvetat (1124-1152), obtuvo la confirmación de su derecho sobre la sede complutense en 1129, dos años más tarde el rey Alfonso VII efectuaba la donación de Alcalá, con todo su término en señorío, para su repoblación y posesión perpetua.

En 1135 se dotó a la Comunidad de Villa y Tierra de Alcalá de Fuero propio, un conjunto de normas que establecían el ordenamiento jurídico entre el señor y los vecinos de la localidad, estos entre sí, así como el funcionamiento de sus concejos.

Especial significado tuvo para Alcalá, Rodrigo Jiménez de Rada (1209-1247), quien consiguió que el rey Alfonso VIII devolviese a la Tierra de Alcalá, diversas aldeas que en años anteriores fueron entregadas a Segovia.

Durante su pontificado consiguió que Alcalá quedase al margen de las injerencias del cabildo toledano, iniciando las obras del Palacio Arzobispal y convirtiéndole en su segunda morada.

Asimismo entre sus disposiciones se cuenta la instalación en Alcalá de uno de los dos vicarios del arzobispado toledano, circunstancia que de hecho casi se convertía en sede episcopal.

En 1233, amplió el Fuero de Alcalá, utilizando para redactarlo la lengua romance en vez del latín, este manuscrito es conocido como Fuero Viejo.

En la época de Alfonso VIII, a Alcalá se le concede la celebración de una feria anual, siendo durante el reinado de Alfonso X, cuando se traslada a finales de agosto, fechas en que finalizan las recolecciones agrícolas.

Con Gonzalo García Gudiel (1280-1299), primer arzobispo de Toledo, que recibe el título de Primado de las Españas, el hijo segundo de Alfonso X, el rey Sancho IV el Bravo, que curiosamente no sabía ni leer ni escribir concede a la villa de Alcalá unos estudios generales en 1293.

Este rey, muy enfermo, en enero de 1295 otorgó testamento en el Palacio Arzobispal de Alcalá, ante el arzobispo de Toledo, García Gudiel y toda la Corte, dejando como heredero a su hijo Fernando de 9 años, nombrando a su esposa María de Molina, tutora de su hijo y heredero.

En febrero se trasladó a Madrid, y el mes siguiente a Toledo, donde fallece a los 37 años. Su prematura muerte deja sumida a Castilla en un enfrentamiento de las grandes familias.

La importancia de Alcalá se vería reflejada, con la celebración de Concilios Eclesiásticos y Cortes de Castilla.

El primer Concilio de que se tiene noticia se celebró en el Palacio Arzobispal en 1257 y 1258, siendo arzobispo el infante don Sancho de Castilla (1251-1261), su extensa duración hizo que se prosiguiese en Buitrago, finalizándolo en Hita.

El Palacio Arzobispal, fue testigo del tratado firmado entre Fernando IV de Castilla y los representantes del rey de Aragón Jaime II, con el fin de reiniciar la guerra contra los árabes. Según el Tratado de Alcalá, los reyes cristianos atacarían el reino musulmán de Granada a partir del 24 de junio. Castilla atacaría Algeciras y Gibraltar y Aragón, Almería.

Durante el reinado del sucesor de Fernando IV el Emplazado, su hijo Alfonso XI el Justiciero, se celebraron en Alcalá cortes y concilios.

Especial trascendencia tuvieron las Cortes celebradas en Alcalá en 1348, otras fuentes datan el año 1345, siendo arzobispo de Toledo, el conquense Edigio Álvarez de Albornoz y Luna (1338-1350), también conocido como Gil de Albornoz, al establecerse una nueva legislación: el Ordenamiento de las Leyes de Alcalá.

Este tratado fue la base de la redacción de la primera constitución política de la historia que Gil de Albornoz realizó para los Estado Pontificios.

En 1377, durante el reinado de Enrique II, el de las Mercedes, fue nombrado arzobispo de Toledo por el Papa Gregorio XI Pedro Tenorio (1377-1399). Este toledano, nacido en Talavera de la Reina en 1328, y que comenzó su carrera eclesiástica como arcediano en Toro, iba a relacionar estrechamente su episcopado con la antigua Compluto. Exiliado en Francia e Italia durante la guerra civil castellana, aprovechó este período de tiempo para ampliar su formación, llegando a dar clases de derecho canónigo en Roma.

Regresó a Castilla al tiempo de la instauración del Papado en Avignon.

Una vez conseguido el arzobispado inició una amplia reforma de los tribunales eclesiásticos, el rey Juan I lo integró en el Consejo Real.

En la diócesis toledana destacó por realizar gran número de trabajos de construcción y rehabilitación

En Alcalá, restauró y mejoró las fortificaciones del castillo de Alcalá la Vieja, utilizándole como depósito de armamento. Reforzó las defensas del Palacio con un nuevo foso y torres cuadradas. En la calle Mayor sustituyó las columnas de madera por otras de piedra. Construyó el Puente Zulema, (semidestruido en 1947 en la explosión del polvorín número 1), para facilitar la comunicación con Toledo.

Restauró el Castillo de Santorcaz, utilizado como cárcel de clérigos.

Ante el Cisma de Occidente, que se produjo después de la muerte de Gregorio XI en 1378, se celebró en Alcalá un Concilio nacional en 1379. Castilla, Navarra y Aragón decidieron no reconocer a ninguno de los pretendientes al papado (Urbano VI por Roma y Clemente VII por Avignon), hasta que la Iglesia no se decidiese por uno de ellos. Al final Castilla siguió a Francia, que optó por "su" Papa, el de Avignon.

En 1390, se encontraba la corte en Alcalá, cuando Juan I, recibió la visita de los farfanes, caballeros cristianos al servicio del Rey de Marruecos, que con la pretensión de mostrar su destreza al rey, realizaron una serie de ejercicios ecuestres en el exterior del Palacio, a la altura de la puerta de Burgos. En un momento de la exhibición el caballo del rey se encabritó y dio con el jinete en tierra, con tan mala fortuna que sufrió heridas internas que acabaron con su vida poco después, era domingo 9 de octubre y Tenorio custodió el cuerpo sin vida del rey en una tienda fingiendo que estaba vivo. El ocultamiento de la muerte del rey por parte de Tenorio sirvió para contener las pretensiones de la nobleza, deseosa de aprovechar la corta edad del futuro rey para recuperar el protagonismo y los privilegios que habían perdido. Tenorio tomó una serie de fortalezas en nombre de Enrique, que le facilitaran formar un consejo de regencia y convocar cortes en Madrid.

El enfrentamiento que mantuvo con los nobles del Consejo de Regencia le llevó a conocer la prisión y la retirada del señorío en sus fortalezas. La excomunión del Papa contra los nobles y el propio rey, hizo que se decretase su libertad.

Antes de su fallecimiento en 1398, Tenorio convocó en Alcalá un Concilio General para volver a tratar el Cisma de la Iglesia occidental y la obediencia al Papa Luna, Benedicto XIII.

Redactó su testamento en el Palacio Arzobispal de Alcalá, falleciendo en Toledo el 18 de mayo.

Durante seis años quedó vacante la sede toledana, hasta que Benedicto XIII nombró para ocuparla a su sobrino Pedro de Luna (1403-1414). En los diez años de episcopado confirmó el Fuero alcalaíno y se realizaron mejoras en el Palacio complutense.

El rey Juan II, padre de Isabel la Católica, fijó su residencia en Alcalá, transformándola una vez más en Corte. El arzobispado de Toledo lo ostentaba Sancho de Rojas (1415-1422), persona asidua en Alcalá, donde llegó a refugiarse para no verse comprometido en las disputas regias entre los infantes de Aragón.

Durante su etapa se aumentaron las rentas de la iglesia de San Justo y fortificó Alcalá la Vieja. Durante su pontificado se restauró la muralla, cuyo coste pagó el concejo, lo que hizo que se estableciese un pleito con la Comunidad de la Villa y Tierra, que solventó Sancho de Rojas.

La grave enfermedad del religioso, hizo que el rey, aconsejado por los médicos trasladase su residencia a las casas del doctor Pedro Díaz de la Olmedilla, en la calle de Cerrajeros.

Sancho de Rojas, falleció en el Palacio Arzobispal el 24 de octubre, oficiándose el funeral de cuerpo presente en San Justo. Trasladado a Toledo, el rey acompañó el féretro hasta la Puerta de Madrid.

A Sancho de Rojas le sucedió Juan Martínez de Contreras (1423-1434), estudió derecho y ejerció de criado del arzobispo Pedro de Luna, circunstancia por la que conocía perfectamente el Palacio Arzobispal alcalaíno. Asistió al Concilio de Siena, obtuviendo una destacada participación como presidente de la nación española. Durante su episcopado se realizaron diversas mejoras en el Palacio Arzobispal reconstruyendo el antesalón y el salón de concilios.

Murió en Alcalá el 16 de septiembre de 1434, siendo enterrado en la capilla de San Ildefonso de la Catedral de Toledo, en un sepulcro excavado en el muro izquierdo que lleva su estatua.

Su sucesor, Juan de Cerezuela (1434-1442), hermanastro del condestable Álvaro de Luna, se presento en Alcalá ante el Rey en 1435, presidiendo los funerales en San Justo de la tía del Rey, Leonor de Navarra. Su episcopado se vio envuelto por las guerras civiles de las que fue victima Castilla. Sufriendo Alcalá y el castillo de Alcalá la Vieja, acosos, asaltos y reconquistas por lo bandos en lucha.

Fallecido Juan de Cerezuela, le sustituyó Gutiérrez Álvarez de Toledo (1442-1445), al igual que su antecesor se vio envuelto en las guerras que sostuvieron Juan II contra el infante don Juan, rey de Navarra, quien ocupó Alcalá sin lucha. Enterado el rey, reunió una tropa y desde Madrid se dirigió a Alcalá, que reconquistó sin oposición al huir los navarros, aunque conservaron el castillo de Alcalá la Vieja.

La posterior victoria de las tropas reales en Olmedo puso fin momentáneo a las guerras civiles que había padecido Castilla durante un cuarto de siglo. Alcalá y su castillo, por fin respiraron tranquilos, se habían ganado para la causa real.

Tras su muerte, obtuvo la mitra toledana, Alfonso Carrillo de Acuña (1446-1482). Nacido en Cuenca en 1412, con tan solo 22 años, inicia con el título de protonotario apostólico, una rápida carrera de cargos eclesiásticos. Con 23 años es nombrado administrador del obispado de Sigüenza, siendo nombrado un año más tarde obispo de la misma. El 10 de agosto de 1446, a los 34 años es nombrado por el Papa Eugenio IV, arzobispo de Toledo, instando al cabildo a prestar obediencia al nuevo prelado mediante la bula Credite nobis de 13 de agosto. En su nombramiento había jugado un destacado papel su pariente el condestable Álvaro de Luna, que logró anteponerlo al candidato real el obispo de Cuenca, Lope Barrientos.

Los grandes ingresos con que podía contar el arzobispado de Toledo le permitieron costear un fuerte ejército y sufragar empresas reales.

Fue excelente militar y político, siendo la pieza clave del reinado de Juan II.

Durante el reinado de Enrique IV, hizo causa común con el hombre fuerte del monarca, su sobrino Juan Pacheco, marques de Villena, a cuyo lado luchó contra buena parte de la nobleza castellana. Al tomar la familia Mendoza el poder en Castilla, en 1464, y colocar a don Pedro González de Mendoza al frente del consejo Real, Carrillo pasa a encabezar la facción nobiliaria que un año después depone al Rey en Ávila, y presta apoyo a los infantes Alfonso e Isabel.

Redactando el contrato matrimonial de Isabel con Fernando puso el germen a la unidad de España.

Su actividad eclesiástica, más que en la vida pastoral, se proyectó en el control de la economía de su diócesis y en la provisión de las ricas prebendas catedralicias a clérigos que le eran adictos.

En Alcalá decidió levantar un convento en 1453 de franciscanos menores observantes, consagrado en 1456 bajo la advocación de Santa María de Jesús.

En 1458, fundó en el monasterio un estudio de artes liberales con tres cátedras, una de Gramática, otra de Lógica y una tercera para estudios religiosos.

En 1476, defiende en la batalla de Toro los derechos de Juana de Trastámara, la Beltraneja, siendo derrotado por el ejército de Isabel capitaneado por Pedro González de Mendoza, lo que le obliga a retirarse a Alcalá de Henares, donde vive silenciado, desde 1479, una vez que le han sido secuestrados todos los bienes y fortalezas de su señorío temporal.

Su apuesta por una nobleza fuerte que controlara la monarquía le llevaron a dejar las puertas abiertas a su sucesor, Pedro González de Mendoza, partidario de los Reyes Católicos, y defensor de una monarquía autoritaria y moderna.

Carrillo, fue especial crítico con la monarquía al defender la inmunidad y libertad de la Iglesia frente al control de la misma por parte de la corona.

En 1477, consiguió por bula del Papa Sixto IV, de 23 de agosto, que a la iglesia de San Justo, le fuera concedido el título de Insigne Colegiata, esta distinción hacía que le correspondiese un cabildo compuesto por cinco dignidades, doce canónigos y ocho racioneros, colocándose al frente un abad nombrado por el propio Arzobispo.

Asimismo obtuvo del Papa la cesión para la Colegiata de San Justo de importantes rentas.

El 1 de julio de 1482, fallecía Carrillo en el Palacio Arzobispal, siendo sepultado en la Capilla Mayor del convento de San Francisco, en un magnífico sepulcro de alabastro de estilo gótico florido con estatua yacente, que él mismo había mandado labrar.

Le sucede su más acérrimo enemigo, Pedro González de Mendoza (1482-1495). Nacido en Guadalajara, en 1428, en el seno de uno de los linajes más poderosos e influyentes de Castilla, la familia Mendoza, futuros duques del Infantado.

Su padre, hombre de extraordinaria cultura, procuró para él una cuidadosa educación en el marco de una sólida preparación humanística, orientada a ocupar destacados puestos en la Iglesia.

A los 9 años es cura en la villa de Hita, a los 14, su tío el arzobispo Gutiérrez Álvarez de Toledo, le procura el arcedianato de Guadalajara.

Con 24 años es nombrado capellán del rey Juan II, empezando su escalada de importantes y bien remunerados cargos. Durante el reinado de Enrique IV, recibe el obispado de Sigüenza. El 7 de marzo de 1473 es investido cardenal a instancias de Rodrigo Borja, futuro Papa Alejandro VI, de quien había sido anfitrión. Obtenida la mitra arzobispal toledana en 1482, participó activamente en la conquista de Granada, su palacio en Alcalá se volvió a convertir en corte en numerosas ocasiones al instalar los Reyes Católicos su residencia en la ciudad complutense. Durante una de sus permanencias el 16 de diciembre de 1485, nació la infanta Catalina, futura reina de Inglaterra.

El 20 de enero de 1486 tuvo lugar en el Palacio Arzobispal, la primera entrevista entre Cristóbal Colon y los Reyes Católicos, donde el marino explicó su proyecto a los monarcas, estableciéndose las bases de una futura cooperación que llevaría al descubrimiento del nuevo mundo.

La política de reformas de Mendoza, siguió las pautas indicadas por la Reina Isabel, que buscaba un clero dócil y apto para ritualidades del coro. Procuró, en consecuencia, mediante asambleas, sínodos y concilios señalar el camino por el que la soberana creía que debía discurrir la vida, costumbres y práctica pastoral del estamento eclesiástico.

En su condición de hombre culto, formado en las ideas renacentistas de su tiempo, desarrolló importantes actividades de mecenazgo artístico y cultural.

Dio los primeros pasos de las que luego serían fundaciones culturales de Cisneros: el Colegio Mayor de San Ildefonso y sobre todo, la Universidad.

Poco antes de morir recomendó como sustituto al confesor de la reina Isabel, Francisco Jiménez de Cisneros.

Fallecía, Pedro González de Mendoza el 11 de enero de 1495 en Guadalajara, tras una larga enfermedad. Su cuerpo fue trasladado a la catedral de Toledo.

Gonzalo Jiménez de Cisneros (1495-1517), nació en Torrelaguna (Madrid), el año de 1436, y murió en Roa (Burgos) el 8 de noviembre de 1517. Reformador, prelado y gobernante. Hijo de un hidalgo de escasa fortuna, Cisneros ha llegado a ser, por un conjunto de circunstancias ajenas enteramente a su voluntad, uno de los más excelsos personajes de la historia de España en general y de Alcalá de Henares en particular.

Por su formación era universitario, inicia sus primeros estudios en Roa, al lado de un tío clérigo y después en Alcalá de Henares, graduado en Salamanca y viajero a Roma. De Roma trajo una bula del papa otorgándole el arciprestazgo de Uceda, con sorpresa y desagrado del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, que deseaba el arciprestazgo para un pariente suyo. A esta decisión llegaba el pontífice al ser informado por el mismo Cisneros de una grave infracción de la jurisdicción eclesiástica hecha por su antecesor Pedro García de Guaza. Cisneros, terco y rudo defendió a ultranza su derecho ante la oposición de Carrillo, quien le sancionó y le mantuvo durante unos meses preso en el Castillo de Santorcaz, cárcel clerical.

Finalizada su prisión, logra su intento, pero ante el temor de mayores represalias, decide, con la protección del cardenal Mendoza, pasar a Sigüenza, en cuya iglesia catedral fue capellán mayor, y vicario del obispo, el propio cardenal Mendoza.

La amistad con Pedro González de Mendoza fue el comienzo de su extraña fortuna, pues supo apreciar el valor de Cisneros. En 1484 abandonó la capellanía y, bruscamente, ingresó en el convento de franciscanos de San Juan de los Reyes, en Toledo, cambiando su nombre por el del fundador de la orden, Francisco. Vivió, durante ocho años, en pleno arrebato ascético. Fueron, según confesión propia, los años más felices de su vida. Su poderosa elocuencia, simple, incluso tosca, honda y profundamente humana, le permitía arrastrar multitudes, su fama era ya inmensa en 1492, cuando, tras haber corrido los conventos de Castañar y la Salceda, era guardián en este último. Poseía dotes para el mando, pero era quizá excesivamente duro. Cisneros marchó siempre hacia su objetivo derribando obstáculos, nunca soslayándolos.

En 1492, designado arzobispo de Granada fray Hernando de Talavera, quedó vacante el puesto de confesor de la reina. Entonces el cardenal Mendoza, que guardaba de él un gran recuerdo, recomendó para este cargo a fray Francisco. Comenzó así a intervenir en política como consejero de la Reina. Al mismo tiempo, designado provincial, recorría los conventos franciscanos y formaba su primer gran proyecto: la reforma de su Orden. La ocasión llegó cuando, muerto el cardenal Mendoza, Cisneros fue designado, por recomendación del difunto, para sucederle en la silla primada de Toledo (1495). Su reforma tuvo dos partes sucesivas: en su Orden trató de restablecer la observancia de la regla franciscana es su original pureza; en el clero secular intentó poner coto a las inmunidades y privilegios. En uno y otro caso encontró una dura resistencia. Los franciscanos acudieron al general de la Orden; los canónigos al Papa. Todo fue inútil. La reforma siguió adelante.

En 1499, hizo, acompañando a los reyes, un viaje a Granada. Allí consideró que la obra de conversión, realizada por fray Hernando de Talavera, mediante la dulzura, iba muy despacio y resolvió quedarse en el ciudad para dar mayor impulso a la misma. Mediante conferencias con los alfaquíes y obsequios, consiguió en las primeras semanas importantes resultados, lo que produjo en los árabes rechazo y crispación. Cisneros optó por encarcelar a los más peligrosos. El resultado fue un motín que a punto estuvo de costarle la vida. Sitiado en su casa de la alcazaba, se defendió con sus criados toda una noche. Inmediatamente hubo de abandonar la ciudad, Su excesivo celo provocó la insurrección de las Alpujarras. Dominada, tres años más tarde obtuvo de los reyes de Castilla que los mudéjares fuesen obligados a convertirse o a emigrar.

Los últimos años de la vida de Isabel la Católica los pasó Cisneros casi siempre en la corte. Era el consejero más fiel. Al mismo tiempo se ocupaba en sus proyectos de reforma de las costumbres, y en uno nuevo: la moderna Universidad de Alcalá de Henares, su más excelsa obra. Comenzada el 14 de marzo de 1498, pudo abrir sus aulas en 1508. Su cabeza era el Colegio Mayor de San Ildefonso. A su lado contaba con la colegiata de los Santos Justo y Pastor ampliamente reorganizada y dotada por Cisneros para que constituyese un centro de vida sacerdotal modelo. El cuadro debería completarse con la creación de colegios mayores y menores, 18 en total. Propuso convertir Alcalá en una academia humanístico-teológica, fragua de una Teología renovada al contacto directo con las fuentes en sus textos originales. Se concedía amplia libertad a las opiniones, dando albergue generoso a las tres escuelas en boga: tomismo, escotismo y nominalismo.

El programa humanístico y teológico preconizado por el cardenal necesitaba un esfuerzo editorial previo de textos sagrados y profanos. La primera gran empresa cisneriana en este sentido fue la Biblia Sacra Polyglota, llamada Complutense, considerada la obra más representativa del Renacimiento Español. La realización corrió a cargo de un equipo de humanistas, filólogos y orientalistas que trabajó directamente sobre los textos originales, sirviéndose de los códices que Cisneros pudo reunir. Se publicó en seis volúmenes que ofrecen los textos originales griego, hebreo y caldeo, con traducción latina interlineal y un diccionario hebreo con su correspondiente gramática. La impresión fue encomendada a Guillén de Brocar, resultando un espléndido monumento tipográfico.

Cisneros tuvo la alegría de ver terminada esta obra que fue el sueño de su vida.

Cuando murió la reina en Medina del Campo, no estaba Cisneros a su lado. Se había desatado la crisis entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, Cisneros estuvo al lado de su rey, interviniendo en todas las negociaciones de la concordia de Salamanca. Cuando Fernando el Católico viajó a Nápoles y en 1506 murió Felipe, Cisneros obrando por su propia autoridad, constituyó una regencia con los nobles más fieles a la memoria de Isabel y reclutó tropas, cortando de raíz los manejos nobiliarios que querían entregar la regencia a Maximiliano de Austria. Cisneros envió un mensaje a Fernando el Católico para que regresase a España. Cuando regresó le trajo en nombre del Papa el capelo cardenalicio.

A pesar de la edad, Cisneros, se mostraba fuerte y vigoroso y aprovechó la presencia del rey Fernando para impulsar un antiguo proyecto: la conquista del Norte de África. Se realizaron expediciones y se conquistaron algunas plazas, pero Cisneros desistió al desconfiar del rey Católico que quería permutar la sede de Zaragoza, ocupada por su hijo natural Alfonso de Aragón por la de Toledo. Una vez más Cisneros no cedió

A pesar de todo, el Rey Fernando sentía admiración por Cisneros y en el momento de su muerte le encomendó la regencia, durante la minoría de edad de su nieto Carlos de Gante.

Cisneros consiguió que el propio príncipe heredero don Carlos confirmase su nombramiento de regente. Tenía un gran enemigo, la nobleza. Contra ella organizó una milicia ciudadana destinada a constituir un ejército de 30.000 hombres. Cisneros dominó los motines, e impuso a los nobles el reconocimiento de Carlos como rey.

Carlos tenía prisa en reinar. Sus consejeros no, pues desde Flandes vendían y daban las mercedes que les parecía oportuno. El propio rey vino a España desembarcando en Tazones (Asturias), el 19 de septiembre de 1517. Cisneros salió a su encuentro. Se había acordado verificar éste en Mojados, cerca de Valladolid. Pero no llegó a conocer al monarca cuya corona había salvaguardado, murió en el camino, en Roa el 8 de noviembre de 1517.

Como ha quedado expuesto anteriormente, el siglo XV, fue fundamental para Alcalá y su posterior desarrollo. Antiguamente la corte no estaba establecida en un sitio fijo, no existía una capital de España permanente. Allí donde se requería, se movían los monarcas utilizando, bien castillo o palacios propios o de su familia, o bien de los grandes nobles de confianza. Los arzobispos de Toledo, que contaban con una gran fortuna, casi siempre estaban al servicio de los reyes, prestándoles apoyos y dineros en sus empresas, la mayoría de las veces a cambio de tierras y rentas. La utilización de los palacios arzobispales, verdaderas fortalezas, servían para dar cobijo a la corte. Alcalá de Henares, fue corte en muchas ocasiones, y las estancias de los Reyes Católicos eran frecuentes, como se expuso previamente en una de las estancias de los Reyes Católicos en el Palacio Arzobispal, la reina Isabel dio a luz el 16 de diciembre de 1485, a Catalina, quien llegaría a ser reina de Inglaterra.

Como la infanta Catalina era de cuna alcalaína, bien merece una breve semblanza biográfica, ya que sus matrimonios y reinado fueron decisivos para la futura historia de Europa.

Inmersos los Reyes Católicos en la conquista de Granada, Catalina viajó pronto con sus padres a la capital andaluza, donde junto a sus hermanas Isabel, María y Juana fue educada en la cultura renacentista española. Catalina se parecía a su madre: pelirroja, de ojos claros, decidida e inteligente. Tuvo una sólida formación humanística y científica, contando con los mejores profesores. Aprendió las lenguas romance de España, francés, flamenco, ingles y latín, al mismo tiempo sobresalía en música y danza.

En virtud de la política de alianzas que establecieron los Reyes Católicos, mediante el matrimonio de sus hijos a Catalina le designaron de esposo a Arturo, príncipe de Gales, hijo de Enrique VII de Inglaterra, fundador de la dinastía Tudor, quién había enviado a sus embajadores a España para negociar el matrimonio con su hijo mayor. Por el tratado de Medina del Campo el 27 de marzo de 1489, se firmó el acuerdo matrimonial, así como la regulación de las relaciones comerciales y políticas entre Castilla e Inglaterra.

El 15 de agosto de 1497, Catalina a la edad de 12 años se casó por poderes con el Príncipe de Gales, que contaba un año menor que ella.

El 17 de agosto de 1501, a la edad de 15 años embarcaba en el puerto de la Coruña, camino de Inglaterra. La desarboladura del buque en pleno viaje, hizo que tuviese que regresar a Tierra, fondeando en Laredo, desde donde el 27 de septiembre inició de nuevo viaje.

El 14 de noviembre se celebró la boda en la catedral de San Pablo de Londres, siendo Catalina sabiendo Catalina desde el primer momento ganarse el cariño y respeto de los ingleses gracias a su recta moral y conducta intachable.

Poco después en un viaje, el Príncipe Arturo, un muchacho débil y enfermizo contrajo la enfermedad de la "fiebre de sudor frío", falleciendo el 2 de abril de 1502, a la edad de 15 años, dejando a una princesa viuda y virgen.

Durante siete años Catalina, vivió sin que sus padres y su suegro, Enrique VII se preocuparan excesivamente de ella, aunque el rey de Inglaterra, ya había puestos los ojos en ella, tras su enviudamiento., a lo que se opuso la reina Isabel, aunque se pensara casarla siguiendo la línea de sucesión en la Corona con su cuñado, el príncipe Enrique y que contaba 11 años.

Catalina testificó que debido a su juventud y al carácter enfermizo de Arturo, el matrimonio no se había consumado. Una bula del Papa Julio II certificó el hecho.

Fallecido Enrique VII en 1509, asumió el reinado su hijo Enrique, como Enrique VIII, mostrando su deseo de contraer matrimonio con la viuda de su hermano, Hecho que se realizó el 11 de junio de 1509 en la capilla de Grey Friars. El 24 de junio de 1509, fue coronada como reina, contaba con veintitrés años y Enrique dieciocho.

La pareja tuvo una hija, María Tudor (1516-1558), reina de Inglaterra de 1553 a 1558.

A pesar de las continuas infidelidades del rey, el matrimonio funcionó, Catalina gobernó la nación como regente cuando Enrique invadió Francia. Incluso cabalgó al frente de las tropas que derrotaron y dieron muerte al rey de Escocia.

Enrique VIII, enamorado de Ana Bolena solicitó el divorcio, con el pretexto de la ilegalidad del matrimonio al producirse entre familiares. Aunque en un principio contó con el visto bueno del Papa Clemente VII, este modificó su posición al contar con la negativa de Catalina, a la que se adhirieron dirigentes políticos de gran renombre, como Tomás Moro, que pagó con su cabeza su adhesión a la reina.

Enrique VIII se casó con Ana Bolena el 25 de enero de 1533, y el arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer, anuló el matrimonio del rey con Catalina el 23 de mayo de 1533. Catalina se convirtió en todo un ejemplo para el pueblo británico, siendo honrada y agasajada.

El rey rompió con la Iglesia Católica de Roma en 1534, proclamándose jefe supremo de la Iglesia Anglicana con la ayuda de los protestantes europeos.

Catalina, falleció a los 50 años, el 7 de enero de 1536, siendo enterrada en la Catedral de Peterborough. Por este motivo la ciudad inglesa y Alcalá de Henares, por ser su cuna son ciudades hermanas.

El otro acontecimiento natalicio sucedido en el Palacio Arzobispal ocurrió el 10 de marzo de 1503, cuando la princesa Juana, hija de los Reyes Católicos, dio a luz a Fernando su segundo hijo varón, y el primero que nacía en España, quien se convertiría en 1526 con el nombre de Fernando I de Habsburgo en rey de Hungría y Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1558.

Fernando, fue el nieto preferido de Fernando el Católico, recibió una educación castellana y fue investido como regente en 1512 hasta la llegada de Carlos a España, aunque su abuelo lo revocó a favor de su hermano Carlos.

Se da la circunstancia, que Carlos, que había nacido en Gante, y que había tenido educación flamenca, y consejeros flamencos desconocía la lengua castellana cuando fue coronado como rey de España, todo lo contrario que su hermano Fernando que apartado de su Patria por intereses internacionales conservó sus consejeros castellanos hasta el final de sus días.

Este hecho en un principio hizo que su hermano Carlos le enviase a Flandes, ya que sus partidarios consideraban que Fernando debía de ser quien llevase la corona española dada su educación.

Al morir su abuelo Maximiliano, Carlos le concedió en 1520 el título de Archiduque de Austria, y por el tratado de Worns la herencia austriaca de los Habsburgo.

Al estar casado con Ana de Bohemia y Hungría, y al morir sin descendencia el rey Luís II de Hungría, Fernando reclamó a través de su esposa los tronos de Bohemia y Hungría. El avance turco le mantuvo en constante estado de alerta sobre sus posesiones, que pudo conservar con la ayuda de su hermano Carlos, quien se sirvió de Fernando como su representante siempre y cuando el Emperador no podía estar en todos los frentes debido a su dilatado Imperio.

A partir de la coronación de Carlos I como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Fernando a su sombra iba adquiriendo cada vez más notoriedad. En 1531 fue nombrado Rey de los Romanos.

Se distanció de su hermano cuando Carlos pensó en su hijo Felipe para que heredara el Imperio. Cuando Carlos excluyó a Felipe de la sucesión alemana, se reconcilió con su hermano. Había conseguido que esta recayera sobre su hijo, el futuro Maximiliano II.

Después de la abdicación en 1556 de su hermano Carlos I, quien lo designó en su lugar, fue coronado emperador el 24 de marzo de 1558.

Fernando murió el 25 de julio de 1564 en Viena, siendo enterrado en la Catedral de San Vito de Praga. Se le recordará siempre por ser un estadista conciliador y de paz.

Tras el auge dado a Alcalá por la presencia de los Reyes Católicos, y "sus arzobispos", su nieto y sucesor Carlos I no tuvo excesiva presencia en Alcalá, aunque se conoce que la visitó en seis ocasiones y que intentó inmiscuirse en su gobierno con una nueva orientación teológica.

En 1518 concedió a Alcalá una nueva feria que se celebraría el 15 de noviembre.

Tras el breve episcopado de Guillermo de Croy (1517-1521), le sucedió Alonso de Fonseca (1523-1534), quien reformó el Palacio Arzobispal y construyó la fachada principal, como hoy la conocemos, exceptuando el escudo imperial de Carlos I que colocó y que fue sustituido en el siglo XVIII por el que se puede admirar hoy en día de Luís Antonio de Borbón.

Desgraciadamente otras obras suyas no se conservan, ya que fueron pasto de las llamas en el incendio de 1939, como el patio que llevó su nombre con una magnífica escalera plateresca y la galería del Aleluya con 52 columnas, utilizándose algunas en la construcción del Museo de la Casa de Cervantes.

Alonso de Fonseca, falleció el 4 de febrero de 1534 en el Palacio Arzobispal, sucediéndole Juan Pardo Tavera (1534-1545).

Tavera, nació en Toro, el 16 de mayo de 1472, Accedió al cardenalato en 1531 y en 1534 ocupó la archidiócesis de Toledo. En Alcalá continuó las obras que había iniciado Fonseca en el Palacio Arzobispal, aumentado la ornamentación. Pretendió en constituirse en maestre-escuela de la Universidad, solicitando al Papa las facultades necesarias. Renunció al Consejo de Castilla para hacerse cargo del puesto de Inquisidor general. Murió en Toledo el 1 de agosto de 1545, antes de recibir la respuesta del Papa a su intento de intromisión en la Universidad.

A diferencia de Carlos I, su hijo Felipe II, que estableció definitivamente la corte en Madrid, tras un periplo vallisoletano, visitaba Alcalá con frecuencia, ya que su hijo y hermanas residían con frecuencia en Alcalá.

Notable fue la boda entre Ana de Mendoza de la Cerda y Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, ministro del rey, celebrada en 1552, en la casa de su padre Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda, virrey de Aragón, en la casa del Rico Home, a espaldas de la Iglesia de San Justo. Felipe II asistió al enlace, ya que había recomendado la boda, aunque doña ana, contase doce años.

En 1562, el hijo de Felipe II, Carlos estableció su residencia en el Palacio Arzobispal, con el fin de cursar estudios en la Universidad acompañado de Alejandro Farnesio. El Príncipe Carlos, primogénito del rey sufrió un grave accidente al caer por las escaleras del Palacio. Devoto de San Diego, hizo que le trajeran el cuerpo incorrupto del fraile, una vez a su vera, paso la mano por la cabeza del fallecido religioso. A los pocos días empezó a mejorar, restableciéndose completamente al cabo de dos meses. En su honor se corrieron toros en la plaza del Mercado.

Durante el reinado de Felipe II, en Alcalá se celebraron grandes solemnidades religiosas, destacaron el paso por Alcalá de las reliquias de San Eugenio de Toledo, el regreso de las reliquias de los Santos Niños y la canonización de San Diego.

En 1599, Bernardo de Sandoval y Rojas, asumía el arzobispado de Toledo, había estudiado en Alcalá y era sobrino del duque de Lerma, llevó a cabo nuevas reformas y obras en el palacio Arzobispal, y fundó el Monasterio de religiosos cistercienses de San Bernardo, anejo al propio Palacio Arzobispal. La construcción del mismo obligó a la remodelación del antiguo barrio morisco.

En los siglos siguientes la presencia de los arzobispos incrementó en menor o mayor medida su influencia en la Universidad, se siguieron fundando colegios mayores y menores, fue ejemplo para la fundación de universidades en América, y al nuevo mundo se trasladaron sus enseñanzas. Con los Austrias tuvo su mayor apogeo, con los Borbones fue decayendo, tanto en la disminución de alumnos, como en el deterioro de los inmuebles. Alcalá se iba quedando vacía. El antaño poder de los arzobispos de Toledo y su amor a Alcalá, se había vaciado a favor de los reyes y primeros ministros en unos siglos ávidos de reforma que llevaron a la desaparición de la Universidad y ruina de sus colegios y conventos, en consecuencia al empobrecimiento de su población.

Ignacio Sánchez

 

 
 

 

 
 
 

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