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GQ.es
Antes y después.
Hay que empezar con una aclaración cuya importancia es definitiva: ¿Qué es eso de antes y después?
Pues bien, con el antes me refiero, ya lo han imaginado, a esas primeras citas. Esas semanas que trascurren previas a la noche de hotel que justifica todos los cafés y la mandangas. Ese par de meses donde cada cita es una fiesta y cada caricia una promesa, donde cada roce -cuando cruza una puerta que has abierto imaginando, quizás, que serás tú quien abra todas sus ventanas- cada roce, digo, es un calambre.
Con el después estoy hablando, ya saben, de la carrera hacia ninguna parte que se inicia cuando un día, porque sí, te levantas y sabes que ya forma parte de tu vida. Y se ha activado un click que ni siquiera has oído y que -tantas veces- no depende de una petición ni acuerdo sino de un simple aliento pagado a medias. Es tu novia.
Cuándo callar y cuándo hablar (después).
Pongamos un ejemplo: No sé, es un dia normal, uno más. Uno de esos tontos, grises y pochos. Y sin embargo, ella está rara…
¿Te pasa algo? No.
¿Seguro? Te noto rara. No me pasa nada.
Me lo puedes decir, eh. Venga, ¿qué coño te pasa?
Defcon 4, amigo.
Llegado a este punto, estás perdido. Porque arderás en el infierno si sigues insistiendo en preguntarle de manera plomiza qué recórcholis le pasa a la histérica de las narices princesita. No debes preguntar más. Porque con cada pregunta hecha desde tu más primitiva inocencia de buen chaval -¿Qué le pasa?, ¿qué puedo hacer?- en su estúpido idioma transversal eso no se traduce en un razonable "Qué majo, no para de preguntarme qué me pasa porque se preocupa por mí", no. No, demonios, no. Tus preguntas se traducen, a cada paso que das, en un insistente y martilleante: "No se fija en mí", "No me conoce una mierda ni sabe qué me pasa" o peor, "Si me quisera, sabría qué me pasa".
¿Solución?
Sólo una, queridos lectores: buscar en lo más profundo de tu ser pistas que indiquen el camino de baldosas amarillas al problema de las narices. Has de ser un auténtico Grissom husmeador de mosqueos y ojos en blanco: ¿He mirado a la cajera? ¿Quizás debí preguntarle si quería venir a correr? ¿Está como una regadera?
Después. Toca plantar el marrón y hacer como si nada: Cariño, te iba a decir que vinieras a correr pero te he visto liada con el móvil y no quería molestarte. Jo, qué pena, me hubiera encantado que vieneses. Es un aburrimiento correr solo.
Ni la más remota mención al problema que sólo existía en su cabecita.
Y después, claro.
Silencio. |
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